El ornitólogo / The Ornithologist 1

Estos grabados están basados en un cuento que escribí hace tiempo y que cuenta la historia de un artista ornitólogo, un dibujante de pájaros. Son los grabados más grandes que he hecho hasta ahora. Estampados con mucho esfuerzo por el maestro estampador Denis Long en papel Hahnemuhle de 300 gr. de 84 x 118 cm. Más abajo está el cuento.

This prints are based on a story I wrote years ago and tells the story of an artis specialised in drawing birds, an ornithologist. This are the biggest prints I’ve done so far and were printed, not without effort, by Master Printer Denis Long on Hahnemuhle paper, 300 gr. the size is 84 x 118 cm. You can find the translated story below. 

 

 

EL ORNITÓLOGO

Se sabía de la existencia del Cianorubens Magellanicus pero nadie había conseguido pintarlo. Sólo unos apuntes a lápiz se habían salvado en el naufragio de la expedición de Wallace. El ornitólogo estaba convencido de que al pintar este pájaro conseguiría su obra maestra. Un barco lo llevó a Manaos, la capital del caucho, desde donde comenzaría su expedición por el Amazonas. La ciudad era una combinación improbable de palacios y selva, como salida de un sueño de una noche de fiebre. Cinco días más tarde partía una pequeña expedición. Un hombre lo conducía y otros dos cargaban sus baúles. Dos canoas los llevaban sin esfuerzo. Cruzaron la selva hasta llegar a un fino afluente del Amazonas. El ornitólogo reconocía pájaros y flores mientras buscaba la cresta naranja del Cianorubens Magellanicus. Pasados diez días, la expedición había derivado hasta un lago en medio de la selva. Allí decidieron montar el campamento. A la mañana siguiente, el ornitólogo miraba a través de sus binoculares cuando un destello naranja invadió los cristales. Un Cianorubens Magellanicus caminaba indiferente por la orilla opuesta del lago. Tomó su rifle, apuntó lentamente y disparó. Había que cazar y embalsamar al pájaro para luego pintarlo. Tan importante era el talento para la pintura como para la taxidermia. El ornitólogo comenzó su labor allí mismo en la selva. Tres días más tarde el Cianorubens Magellanicus embalsamado levantaba un vuelo inmóvil. La pose era grandiosa. Sólo la punta de una garra tocaba la rama cortada que el ornitólogo usó como base. El hombre comenzó a trabajar muy temprano por la mañana. Primero hizo un detallado dibujo del ave y su entorno. Luego la acuarela. Capa sobre capa de color transparente le daban profundidad y detalle a las plumas, las garras, los ojos. Dos días más tarde la pintura estaba casi terminada, sólo quedaba la firma. Fue tal la perfección y el celo puesto en la pintura que al dar la última pincelada, el pájaro voló de la página ante los ojos desesperados del artista. A la mañana siguiente, el ornitólogo comenzó a trabajar otra vez. Una nueva hoja, un nuevo dibujo. La mano se movía más firme, experta ya en la forma del pájaro. Esta vez se concentró en el ave sin dibujar el fondo. La pintura era aún más realista que la anterior, casi perfecta. Mas al terminar la pintura, de nuevo el pájaro cobró vida y levantó vuelo. Lo mismo sucedió una y otra vez, hasta que ya no quedó pintura, ni papel, ni comida. El ornitólogo regresó a casa con una carpeta llena de hojas en blanco. Derrotado y sin trabajo, se sumió en la tristeza. Una mañana oyó a través de la ventana el canto de un pájaro. Un espléndido Cianorubens Magellanicus de plumaje azul marino y con una alta cresta naranja, se había posado junto a su ventana. Al acercarse a mirar, descubrió el suceso más extraño: el ave llevaba su firma en la garra derecha.

THE ORNITHOLOGIST

Although its existence was well known, nobody had managed to paint the Cianorubens Magellanicus. Only some pencil sketches had been saved from the Wallace expedition shipwreck. The ornithologist was convinced that painting this bird would be his masterpiece.
A boat took him to Manaos, the home of rubber,  where his expedition to the Amazonas would depart. The city was an unlikely mixture of European palaces and jungle, as if emerging from a dream on a feverish night.
A small expedition set off five days later. One man lead and two more loaded his trunks.  Two canoes took them effortlessly. They crossed the jungle until they arrived at one of the Amazon’s narrow tributaries. The ornithologist could recognize different birds and flowers while looking for the Cinorubens Magellanicus’ characteristic orange crest. Ten days from the start of the expedition they arrived at a lake in the middle of the jungle, where they decided to set camp. The following morning, the ornithologist was looking through his binoculars when an orange twinkle filled the lenses. A Cianorubens Magellanicus was walking indifferently along the opposite lakeshore. He took up his rifle, aimed carefully and shot. 
He had to hunt and embalm the bird so that it could be painted. His artistic talent was as important as his taxidermic skill. The ornithologist got on with his work right there in the middle of the jungle. 
After three days, an embalmed Cianorubens Magellanicus appeared as in frozen flight. Its pose was magnificent. Only a tip of its claw touched the cut branch that the man had used as a surface. The ornithologist got to work early in the morning. First, a detailed drawing of the bird and its setting. Then, with watercolours. Each translucent layer of colour gave depth to the bird and emphasized its feathers, its claws, its eyes. Two days later the picture was almost finished, only the signature remaining. The perfection and dedication was such that with the final touch, the bird flew off the page to the astonishment of the artist.
The next morning, the ornithologist started his work again. A new sheet, a new drawing. His hand moved more firmly, mastering the bird’s shape. This time he focussed on the bird and left out the background. The picture was even more realistic than before, almost perfect. But again when he finished drawing, the bird came to life and flew off. The same thing happened again and again, until there was no paint left, no paper, nor food. The ornithologist returned home with a folder full of blank sheets. Devastated, jobless, deep in sorrow. 
One morning the ornithologist heard a bird singing through the window.  There was a splendid Cianorubens Magellanicus with dark blue feathers and an orange crest perched by his window. As he approached, he saw the strangest thing: his signature was written on its right claw.

 

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